
Gire las llaves del auto y lo apague. Pensé en su sonrisa. Como la de un payaso, como riéndose de vos o de mi. Pensé eso un largo rato. Me quede quieto. Inerte. Inmóvil. Como un maniquí, como un espíritu domado. Como un estupido. Si hubiese tenido la respuesta en el momento justo. Si tan solo hubiese abierto mi boca y hubiese escupido lo que sentía. Pero me quede callado. Y como en una resaca, como un eructo, todo eso rebota en mi pecho y sale ahora. Y no puedo evitar gritar en voz alta. No puedo evitar sentirme tan estupido. Me imagino la escena. Una persona en medio de la nada, encerrada en un auto, con los vidrios cerrados. Gritando. En medio de la nada. Como una pelicula muda. Un grito desgarrador que solo se lee en la boca abierta desesperada. Que solo se ve en los nervios crispados. En las lágrimas que estallan de bronca. En los ojos colorados. En las venas exaltadas del cuello o la frente. Y afuera solo silencio. La quietud de la noche. Las nubes encapotando el cielo. Y afuera el agua. De repente una, dos, tres gotas. Mojan el parabrisas. Golpean el techo. Ploc. Ploc. Ploc. Y el agua lava todo. Y te hace sentir como si fuera a pasar todo. Como que va a arrastrar todo lo malo. Sentís que no vas a volver a ver esa sonrisa de payaso horrible. O que por lo menos no te va a perturbar. Ploc. Ploc. Ploc. Chau risa. Ploc. Ploc. Ploc. Chau palabras en el momento justo. Ploc. Ploc. Ploc. Chau grito. Y sin embargo necesitas tanto esa carcajada. Esa cara de burla. Esas palabras que te hieren. Necesitas tanto esos ojos con ira, esas ganas de hacerte mal. Creo que odiamos las cosas de las que nos enamoramos. Todo lo que representan. Todo lo que nos seduce. Indefectiblemente terminamos odiándolo. Te miras en el espejo del auto. Miras tus ojos rojos. Y afuera el agua. No mas risas, no mas palabras. Si hubiese podido abrir la boca. Afuera es un diluvio.


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